Si alguna escucharon o leyeron el libro de Zygmunt Bauman sabran de lo que hablo,igual aca les dejo un par de parrafos para introducir a los que no saben bien de que se trata el "amor liquido":
El amor puede ser —y suele ser— tan aterrador como la muerte; sólo que, a diferencia de la muerte, encubre la verdad bajo oleadas de deseo y entusiasmo. Es sensato equiparar la diferencia entre el amor y la muerte a la que existe entre la atracción y la repulsión. Si lo pensamos dos veces, sin embargo, ya no podemos estar tan segu*ros. Las promesas del amor son, generalmente, menos ambiguas que sus ofrendas. De ese modo, la tentación de enamorarse es ava*sallante y poderosa, pero también lo es la atracción que ejerce la huida. Y el señuelo que nos induce a buscar una rosa sin espinas está siempre presente y resulta difícil de resistir.
Deseo y amor. Hermanos. A veces, mellizos, pero nunca gemelos idénticos.
El deseo es el anhelo de consumir. De absorber, devorar, ingerir y digerir, de aniquilar. El deseo no necesita otro estímulo más que la presencia de alteridad. Esa presencia es siempre una afrenta y una humillación. El deseo es el impulso a vengar la afrenta y disi*par la humillación. Es la compulsión de cerrar la brecha con la al*teridad que atrae y repele, que seduce con la promesa de lo inex*plorado e irrita con su evasiva y obstinada otredad. El deseo es el impulso a despojar la alteridad de su otredad, y por lo tanto, de su poder. A partir de ser explorada, familiarizada y domesticada, la alteridad debe emerger despojada del aguijón de la tentación, sin ningún acicate. Es decir, si es que sobrevive a tal tratamiento. Sin embargo, lo más posible es que, en el curso del proceso, sus restos no digeridos hayan pasado del terreno de lo consumible al de los desechos.
Lo que se puede consumir atrae, los desechos repelen. Después del deseo llega el momento de disponer de los desechos. Según pa*rece, la eliminación de lo ajeno de la alteridad y el acto de desha*cerse del seco caparazón se cristalizan en el júbilo de la satisfacción, condenado a desaparecer una vez que la tarea se ha realizado. En esencia, el deseo es un impulso de destrucción. Y, aunque oblicua*mente, también un impulso de auto-destrucción; el deseo está contaminado desde su nacimiento por el deseo de muerte. Sin em*bargo, éste es su secreto mejor guardado y, sobre todo, guardado de sí mismo.
Por otra parte, el amor es el anhelo de querer y preservar el ob*jeto querido. Un impulso centrífugo, a diferencia del centrípeto deseo. Un impulso a la expansión, a ir más allá, a extenderse hacia lo que está “allá afuera”. A ingerir, absorber y asimilar al sujeto en el objeto, y no a la inversa como en el caso del deseo. El deseo es ampliar el mundo: cada adición es la huella viva del yo amante; en el amor el yo es gradualmente transplantado al mundo. El yo amante se expande entregándose al objeto amado. El amor es la su*pervivencia del yo a través de la alteridad del yo. Y por eso, el amor implica el impulso de proteger, de nutrir, de dar refugio, y también de acariciar y mimar, o de proteger celosamente, cercar, encarcelar. Amar significa estar al servicio, estar a disposición, es*perando órdenes, pero también puede significar la expropiación y confiscación de toda responsabilidad. Dominio a través de la en*trega, sacrificio que paga con engrandecimiento. El amor y el ansia de poder son gemelos siameses: ninguno de los dos podría sobre*vivir a la separación.
Si el deseo ansia consumir, el amor ansia poseer. En cuanto la satisfacción del deseo es colindante con la aniquilación de su obje*to, el amor crece con sus adquisiciones y se satisface con su durabi*lidad. Si el deseo es autodestructivo, el amor se autoperpetúa.
Como el deseo, el amor es una amenaza contra su objeto. El de*seo destruye su objeto, destruyéndose a sí mismo en el proceso; la misma red protectora que el amor urde amorosamente alrededor de su objeto, lo esclaviza. El amor hace prisionero y pone en custo*dia al cautivo: arresta para proteger al propio prisionero.
El deseo y el amor tienen propósitos opuestos. El amor es una red arrojada sobre la eternidad, el deseo es una estratagema para evitarse el trabajo de urdir esa red. Fiel a su naturaleza, el amor lu*chará por perpetuar el deseo. El deseo, por su parte, escapará de los grilletes del amor.
“Las miradas se encuentran a través de una habitación atestada; se enciende la chispa de la atracción. Conversan, bailan, se ríen, comparten un trago o una broma y, antes de darse cuenta, uno de los dos dice: ‘¿Tu casa o la mía?’. Ninguno de los dos está en busca de una relación seria, pero de alguna manera una noche puede convertirse en una semana, después en un mes, en un año o más tiempo”, señala Catherine Jarvie.
Ese imprevisible resultado del fogonazo del deseo y de una sola noche para sofocarlo es, según Jarvie, “un punto intermedio entre la libertad de los encuentros ocasionales y la seriedad de una rela*ción importante” (aunque la “seriedad”, tal como la propia Jarvie recuerda a sus lectores, no sirve para proteger a una “relación im*portante” ni impide que ésta termine en “dificultades y amarguras” cuando un miembro de la pareja “sigue comprometido con la rela*ción mientras el otro ansia buscar nuevos campos de pastoreo”). Los puntos intermedios -como todos los otros acuerdos “hasta nuevo aviso” dentro de un entorno fluido en el que comprometerse con el futuro es tan imposible como ofensivo- no son necesaria*mente malos (según la opinión de Jarvie y la doctora Valerie Lamont, una psicóloga colegiada a quien cita en su nota), pero cuan*do “se comprometa, aun a medias”, “recuerde que le está cerrando la puerta a otras posibilidades románticas” (es decir, renunciando al derecho de “buscar nuevos campos de pastoreo”, al menos hasta que su pareja reclame primero ese derecho).
Una observación aguda, un cálculo sensato: usted se encuentra ante una elección. Elige el amor o elige el deseo.
Más observaciones agudas: sus miradas se cruzan a través de la habitación y antes de darse cuenta… El deseo de compartir la cama brota de la nada, y no necesita golpear muchas veces a la puerta pa*ra que lo dejen entrar. Aunque no es una característica común de nuestro mundo obsesionado por la seguridad, esas puertas tienen pocos cerrojos, o ninguno. Nada de circuito cerrado de televisión para estudiar detalladamente a los intrusos y distinguir a los perver*sos merodeadores de los visitantes de buena fe. Simplemente, com*probar la compatibilidad de los signos del zodíaco (como ocurre en los comerciales de una marca de teléfonos móviles) será suficiente.
Bueno esto es tan solo una pequeña porcion de lo que es el amor liquido,y aqui viene la pregunta decisiva:que prefieren,el amor romantico (el de enamorarse) o el liquido?
Espero sus respuestas
p.d:sean honestos consigo mismos